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Muerte de Doña Dolores Albás, la Abuela

Etiquetas: Familia Escrivá, Muerte, Administración
Doña Dolores Albas, madre de San Josemaría. Los miembros de la Obra la empezaron a llamar cariñosamente 'La Abuela', apelativo que deriva de la paternidad espiritual del Fundador del Opus Dei con respecto a los fieles de la Obra
Doña Dolores Albas, madre de San Josemaría. Los miembros de la Obra la empezaron a llamar cariñosamente 'La Abuela', apelativo que deriva de la paternidad espiritual del Fundador del Opus Dei con respecto a los fieles de la Obra
El 22 de abril de 1941, falleció en Madrid Dolores Albás, madre de san Josemaría, mientras él predicaba unos ejercicios espirituales para sacerdotes en Lérida: "Ofrece tus molestias por esa labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo: ¡Este hijo!.

Era mujer sana, trabajadora y resistente. Muy pocas veces guardó cama. No se le conocían otros achaques que los del reuma, aunque, indudablemente, quedó muy disminuida de bríos a causa de las penalidades de la guerra. Salía muy poco de casa. Tan sólo a misa o a hacer alguna compra. Excepcionalmente, un día de primavera, alrededor del 12 de abril, la llevaron de excursión a El Escorial. Al día siguiente tenía fuertes dolores de cabeza y se le declaró una ligera afección de bronquios. Luego le vinieron altas fiebres y la enfermedad siguió su proceso normal. Con todo, los dos médicos que la atendían, Juan Jiménez Vargas y otro colega, no estaban demasiado preocupados por la suerte de la paciente.

Por aquel entonces don Josemaría había sido invitado por el Obispo Administrador Apostólico de Lérida, Mons. Manuel Moll, a dar una tanda de ejercicios espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Como se acercaba la fecha de su partida, consultó a los médicos sobre el estado de su madre. Éstos le tranquilizaron. La evolución de la enfermedad indicaba mejoría. De manera que el 20 de abril el sacerdote se despidió de su madre, rogándole que ofreciese sus molestias por la labor que iba a hacer en ese curso de retiro. Doña Dolores, desde la cama, cuando su hijo salía de la habitación, dejó escapar a media voz un «¡Este hijo!». Como si presintiera la hondura del sacrificio que se le pedía.

A pesar de que Álvaro avisó al Padre por teléfono a Zaragoza que su madre continuaba mejorando, don Josemaría abrigaba una vaga corazonada del sacrificio que, también a él, se le pedía. Tan pronto llegó al seminario de Lérida, se dirigió al Sagrario con esta oración: Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes. Luego, se fue a su cuarto y, todavía con un triste presentimiento, escribió al Vicario General de Madrid:
Acabo de llegar a Lérida, y me remuerde la conciencia, por no haberte dicho que venía a dar una tanda de ejercicios a Sacerdotes. No hubo tiempo material de verte. Sólo hablé con Lahiguera.
Dejé a mi madre, en Madrid, bastante enferma. Pide al Señor, para que, si es su Voluntad, no se me la lleve aún: me parece que Él y yo la necesitamos en la tierra.


Veinticuatro horas más tarde, repentinamente, la enfermedad de la Abuela se agravó, con todos los síntomas de pulmonía traumática. Se le llevaron los últimos sacramentos y en la madrugada del 22 de abril entraba en lenta y plácida agonía. Hasta el punto que «la mañana antes de su muerte —cuenta Santiago Escrivá de Balaguer— yo entré en su habitación a despedirme para ir a la universidad, como todos los días».

Retrato de Doña Dolores Albas (año 1940)
Retrato de Doña Dolores Albas (año 1940)
Agonizaba la Abuela cuando don Josemaría estaba preparando una plática para los sacerdotes en el seminario de Lérida, con la intención de tocar el papel que ha de desempeñar la madre del sacerdote en la vida de su hijo, como él mismo refiere:
A mitad de los ejercicios, a mediodía, les hice una plática: comenté la labor sobrenatural, el oficio inigualable que compete a la madre junto a su hijo sacerdote. Terminé, y quise quedarme recogido un momento en la capilla. Casi inmediatamente vino con la cara demudada el obispo administrador apostólico, que hacía también los ejercicios, y me dijo: don Álvaro le llama por teléfono. Padre, la Abuela ha muerto, oí a Álvaro.
Volví a la capilla, sin una lágrima. Entendí enseguida que el Señor mi Dios había hecho lo que más convenía: y lloré, como llora un niño, rezando en voz alta —estaba solo con Él— aquella larga jaculatoria, que tantas veces os recomiendo: fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen. Desde entonces, siempre he pensado que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.



FUENTE:
El Fundador del Opus Dei. Vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Andrés (VÁZQUEZ DE PRADA).Capítulo XIII. “El que ama la Voluntad de Dios”. Muerte de la Abuela

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